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La verdadera historia de la taza mágica…

Hace un tiempo le envié una foto a una persona y me dijo: «¡me encanta!». Le dije que era una foto que hice para una práctica de clase. Le dije que era una foto de una taza en mi habitación y lucecitas. Pero esa no es la verdadera historia…

Hace tiempo, caminando por la montaña en busca de alguna fotografía de naturaleza (sí, tenemos que hacer otro trabajito sobre localizaciones…), empecé a cruzarme con una densa bruma. Iba caminando por un sendero de tierra que avanzaba entre árboles, zigzagueando por aquel bosque. Aquella bruma empezaba a ser más densa conforme iba adentrándome por aquel camino. Me gustó mucho aquel ambiente que se había creado, ya que siempre he querido hacer fotos misteriosas con niebla, pero por estas tierras no abunda mucho. Así que empecé a realizar diferentes fotografías. Hasta intenté hacer una, poniéndome de espaldas, como si fuera una persona perdida en la niebla… Bueno, tonterías mías de composición fotográfica.

Sin darme cuenta, había perdido el sentido del tiempo y de la orientación. ¿Cuánto tiempo llevaba perdido? No recordaba muy bien por dónde había venido. La niebla me rodeaba y me absorbía por completo, imposibilitándome hallar el camino de vuelta que, por haberme apartado un momento, había perdido de vista. Además, haciendo honor a mis despistes, me dejé el móvil en el coche. Así que fui caminando por la montaña, entre árboles y arbustos. Pero de pronto… «¿qué es eso? ¡una casa!». Podía vislumbrar, entre el espesor de la niebla, las líneas rectas del tejado de lo que parecía ser una cabaña de madera. Aquella casita parecía estar sacada de un cuento. Me acerqué un poco más y empecé a ver la decoración que tenía por alrededor: un pequeño huerto que parecía para alimentación propia, algún árbol frutal (había un manzano), una carretilla vieja y una pala. Andaba y maullaba tranquilamente un gato entre aquellas tierras. Eso fue todo lo que me dio tiempo a ver y a disparar algunas fotos, hasta que de repente oí una voz:

– ¿Te has perdido? ¿Puedo ayudarte en algo?

Tal fue mi sobresalto que casi lanzo la cámara por los aires. Pensé que no había nadie, pues la calma reinaba aquel lugar. Al principio me asusté pensando que sería el típico dueño enfadado por haberme acercado a su casa y pensar que pudiera estar robando. Pero enseguida me di cuenta que el tono que había empleado para hablarme fue muy sosegado. Al girarme, vi a un señor mayor, muy mayor, que me miraba con cara afable. Me transmitía mucha confianza. Era bajito, algo encorvado, delgado, calvo, salvo por algunos pelos canosos que todavía permanecían alrededor de su cabeza.

– Estaba haciendo fotos para una práctica para clase. Estaba andando, me despisté y al final me perdí y acabé aquí. – le respondí.

– Haciendo fotos… Ven, te voy a enseñar una cosa que puede que te ayude en tu trabajo.

Entró hacia su casa y le acompañé. Sinceramente, no tuve miedo de aquel señor mayor, ya que yo estaba perdido en medio de la montaña. Fue todo muy rápido, pero pensaba decirle que me ayudara para volver a salir de allí sin volver a perderme.

Al entrar, empecé a notar un aroma especial, agradable, fresco, como si la naturaleza envolviera también aquel rincón personal. Era una casa sencilla, con lo justo para vivir. No le pude ver ningún aparato eléctrico. De hecho, la estancia estaba iluminada por la luz que entraba por las ventanas y por unos candiles que tenía colgados en unos hierros viejos y oxidados colgados de las paredes. Sin ningún ánimo de desprecio, sino más bien todo lo contrario, me quedé sorprendido por la vida de aquel señor mayor que, por lo que parecía, vivía allí sin ninguna compañía más.

– Hace tiempo apareció una chica joven por aquí… Tendría tu edad o algo menos. Bueno, todos los jóvenes me parecéis de la misma edad. Qué tiempos aquellos… – sonrería el abuelo, mientras me contaba aquello, con las manos cruzadas detrás de la espalda – Aquella chica se desmayó y se cayó por la ladera que hay detrás de la casa. La traje aquí dentro para cuidarla y atenderla. Al poco se despertó asustada, pero yo la calmé. No se acordaba en ese momento de lo que había sucedido, así que le ofrecí un plato de sopa caliente y cobijo para la noche. Ya era de noche y es peligroso andar por esta ladera en la oscuridad.

– Pobre…

– Al principio estaba algo asustada, pero se calmó y vio que era la mejor opción. -comentó el abuelo.

– ¿Y no pudo llamar a nadie para que viniera a por ella? – le pregunté.

– Aquí no funcionan los móviles…

Vaya, tengo que reconocer que esa afirmación me dejó helado. Me recordaba a una película de terror. Pero volví de mis imaginaciones peliculeras y seguí escuchando al amable anciano.

– … no hay cobertura. Así que aquella chica estuvo durmiendo en esa cama que ves, que preparé para ella y no ha vuelto a usar nadie más. Pero se despertó antes de que yo lo hiciera y no la volví a ver más.

– Pues ya hay que ser desagradecido para marcharse así sin dar las gracias ni despedirse. – espeté – A lo mejor es que le volvió el miedo.

– Eso es lo que pensé en un primer momento. Pero cuál fue mi sorpresa cuando, al salir al salón, encima de la mesa, al lado del florero, vi una caja y una carta a su lado. Esa carta decía:

«Siento marcharme tan rápido sin despedirme de usted. Le quiero agradecer muchísimo todo lo que ha hecho por mí. En muestra de mi gratitud, le quiero hacer obsequio de este objeto.»

– Vaya, pensaba yo que había sido una maleducada que se marchó sin decir nada. – le comenté al viejo – Por curiosidad, ¿se puede saber qué es lo que le dejó?

Entonces el abuelo empezó a abrir un pequeño armario con unas puertecitas de madera (como todo lo que rodeaba aquello). Al ir abriéndose, un destello dorado aparecía desde el interior. Pero mis ojos se abrieron de par en par a la vez que lo hacían aquellas puertecillas. Los pelos se erizaron sobre mi piel y una sensación de estar en medio de un sueño se apoderó de mí, congelándome sin saber si aquello estaba ocurriendo de verdad. Allí, en medio de aquel mueble, había una taza de café y su platito; nada más. Pero dicha taza desprendía una luz cálida que escapaba hacia arriba, seguramente, como el humo de la sopa caliente que sirvió el abuelo a su «amiga invisible». Pero aquello no era un candil especial ni una luz, ni bombilla, ni LED, ni ninguna tecnología que había visto hasta entonces. Ni siquiera un holograma. Aquello parecía como una energía, como algo mágico, pese a que mi cabeza se encontraba en ese momento en un debate existencial entre el conocimiento científico y lo que estaba observando.

– ¿Qué es eso? – pregunté.

– Este fue el regalo que me hizo aquella misteriosa chica. Pero la nota no acababa ahí:

«Dentro de la caja encontrará una taza especial. Se trata de una taza mágica que guardaba para alguna ocasión especial y que siempre llevaba encima. No tenga miedo a romperla, pues lo que está viendo tan solo es la proyección de una taza, pero en realidad lo que le estoy ofreciendo es energía pura. Usted me ha rescatado después de mi caída y mi golpe y me ha cuidado muy bien. Según me comentó, usted vive solo desde hace muchísimos años. También me habló de que a veces añoraba el poder tener algo de compañía, pero que al final acababa acostumbrándose. Esta taza mágica desprende un sentimiento de armonía y paz que inundará toda su casa, haciendo que se sienta acompañado y que la felicidad y la alegría no desaparezcan de su vida. Que sepa que siempre le tendré en mi recuerdo y le estaré muy agradecida por todo.»

El silencio se adueñó de aquel momento que pareció infinito. El tiempo se congeló por un momento. El impacto emotivo de aquella nota y lo que estaba viendo fue tal, que yo también pude sentir todo aquello que aquella chica estaba narrando. Hasta me la imaginé escribiendo esa carta, minutos antes de salir de aquella cabaña.

El pobre anciano plegó la carta y la guardó en un cajón debajo de aquellas puertas. Su cara mostraba añoranza y felicidad al  mismo tiempo.

– Vaya historia… Esto es increíble. Es impresionante. ¿Ha vuelto a saber de aquella chica?

– Nunca he sabido más de su presencia. De hecho, nadie más ha pasado por aquí hasta que tú te perdiste. Pero esta taza… algo debe de tener, porque desde entonces la casa parece otra. Siento como si hubiera mucha más vida aquí dentro. Antes pensaba en los días que me faltaban para dejar este mundo. Ya sabes, uno ya es viejo y mayor… Pero desde este regalo, voy sumando los días que voy viviendo y cada día me siento mejor que el anterior.

– Entonces eso es fantástico. Me alegro de que las cosas le vayan bien.

Ya me había olvidado de mi práctica y de que me había perdido. Estaba sumergido en un sueño. Parecía ser el espectador de una película de misterio y aventuras. Había olvidado mi lógica existencial y me había sumido en una abstracción del mundo que, supuestamente, era el real.

– En cierta medida -continuó hablando el anciano- me has recordado a aquella joven muchacha que pasó por aquí y me trajo este maravilloso regalo. Es por eso que, como te veo con una cámara y veo que te gusta hacer fotos, me gustaría que le hicieras una a la taza para que, en cierta medida, la pudieras tener tú también de recuerdo.

Y así fue. Cuál fue mi sorpresa cuando vi que en la foto solo aparecía la taza. Ni siquiera se veía la madera del suelo, ni el fondo del mueble… Es como si hubiera hecho una foto a la energía que desprendía aquel objeto. Al fin y al cabo, era eso, energía.

Salí de allí y volví a casa sano y salvo.

He vuelto varios días después a buscar de nuevo la cabaña, pero jamás la he encontrado. Juraría que la casa existía y que aquel anciano también. Juraría que estuve allí y que más o menos sé dónde está aquella zona. Pero ha sido imposible volver a encontrarla.

Quería hablarle de una chica que conozco, ya que es tal y como me la describió. Es la chica de la que hablé al principio. Pienso que puede ser ella porque la sensación que tuve después de estar ante aquella taza junto al anciano, es la misma que desprende ella.

Al terminar de hacer aquella foto, el anciano me dijo: «quiero que tengas este recuerdo para que tú puedas dejar a quien creas conveniente, ese regalo que ella me dejó hace tiempo. Hasta la persona más fuerte necesita de algo así en algún momento de su vida».

A esta chica ya le entregué la foto, pero no le conté porqué. Es por esto que le quise devolver esa misma gratitud con esta foto, para que le haga el mismo efecto que inundaba la casa y la vida de aquel abuelo.

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3 thoughts on “La verdadera historia de la taza mágica…”

  1. Gran relato, excelente narrativa descriptiva. No sé si te pasó de verdad o no, pero qué más da, lo importante es que lo has compartido para quienes lo sepamos apreciar. Enhorabuena por la foto y por el relato.

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